LA PÉRDIDA – Dugal

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LA PÉRDIDA - Dugal

LA PÉRDIDA

Sabía que era peligroso, Andrés ESTABA SEGURO. El establo (a donde iba) ESTABA EN UNA CONDICION de decadencia durante unos diez años, pero la adicción a las drogas eclipsó su sensación de peligro.

Eran las 11:40 p.m., el cielo había dejado de llorar recientemente sus últimas gotas de lluvia y el olor de la humedad estaba abriendo los pulmones. Andrés caminaba entre el eco de sus pasos en aquel barrio desierto y degradado, desde lejos, en la penumbra vio la puerta de madera arruinada por el tiempo, esperaba que algunos de sus amigos le hubieran acompañado, en cambio estaba más solo que nunca.

El maullido de un gato detrás de él atrajo su atención, pero cuando SE dio la vuelta no había ANIMAL ALGUNO. Entonces, esos flujos de lodo se convirtieron en pequeños rugidos cada vez más perceptibles, él esperaba que los ojos verdes aparecieran de la oscuridad, pero nada.

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Armado con un encendedor cruzó el umbral por enésima vez, hasta llegar al primer piso, pisoteando algunos cadáveres de ratones y una infinidad de residuos. En esos cuartos vacíos el viento, que comenzó a soplar incesantemente, golpeó todas las puertas contra la pared, luego trató de cerrar el balcón Y FUE EL mismo viento que EL rompió el vidrio y lo tiró al piso sucio.

 De repente, EN la lluvia, Se levantó y se echó a llorar cuando vio dos libélulas inmóviles en medio de la habitación: eran los ojos del gato que seguía rugiendo mientras era fotografiado por los destellos de los relámpagos. Estaba inmóvil a los pies de una niña con un vestido blanco manchado de sangre.

– ¿Puedes ayudarme a volver a enderezar mi mano? – Continuó mientras le entregaba su mano amputada, ¿eres capaz de hacerlo? ¿Eres capaz de hacerlo?

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Ella soltó un grito rebelde y agudo y desapareció de la misma manera que había aparecido. Andrés trató de escapar, pero en el camino de regreso siempre estaba ella; en cada puerta. Estaba en compañía de una mujer con una bata de velo a rayas de sangre que corríaN por su mirada vacía. Andrés se refugió en un rincón y cerró los párpados tratando de disipar sus temores, con el aliento del viento silbando fuerte.

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Permaneció inmóvil durante más de cinco minutos, resignado a lo inesperado, con el corazón latiendo fuerte en el pecho, pero afortunadamente seguía ileso.

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Cuando volvió a abrir los ojos, a su alrededor el ambiente había cambiado; las puertas habían desaparecido y una losa de mármol blanco y pulido reflejaba las paredes blancas, no había escapatoria excepto un balcón. En el centro de ese ambiente virgen había una foto en blanco y negro, pero aunque la imagen estaba descolorida, Andrés reconoció a la niña y a la mujer con su mirada vacía. Volteó la foto.

– ¡AndreS! ¡AndreS! ¡Todavía no sabes que ahora eres parte de nosotras!

Dejó caer la foto y corrió al balcón donde reconoció la casa abandonada frente a él; el decadente palacio donde estaba hasta unos minutos antes. El sudor impregnaba su frente, el pánico se había dibujado en su rostro pálido cuando vio que en ese ambiente fantasmal su cuerpo ensangrentado yacía sin vida mientras era aniquilado por docenas de ratas.

– Andrés, ahora eres parte de nosotras – dijo la niña sentada en el borde de una ventana mientras balanceaba los pies.

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